Se trata de una cuestión de educación financiera. Desde hace muchos años soy un gran convencido de que es una materia que se debe incluir en el currículo de la enseñanza obligatoria. En algún momento de su vida (en muchos momentos, diría), un individuo se enfrenta a decisiones en las que unos mínimos conocimientos de finanzas, son útiles: la adquisición de un automóvil, de una vivienda, un cambio de trabajo, la compra de un bien o servicio utilizando una tarjeta de crédito, pagando al contado o con un crédito al consumo, etc.
El ciclo vital de un individuo desde un punto de vista financiero es, en términos generales, el siguiente y, de antemano, disculpen la simplificación. Durante los primeros años de vida, pongamos hasta la franja de los 18-25 años, el individuo es dependiente de su familia. Son los años de estudio y los primeros trabajos que sirven para el aprendizaje de la actividad profesional, con ingresos reducidos y relativa (reducida) estabilidad laboral. Es probable que llegado un momento forme una familia con hijos e incluso se plantee la adquisición de una vivienda. Con ingresos profesionales más elevados y estables se endeudará y durante un período de 15-20 años tendrá que enfrentar las cargas de una deuda bancaria, así como los gastos de mantenimiento y educación de los vástagos. En los primeros años las estrecheces probablemente serán importantes, pero según se va acercando el final de ese período, las rentas excedentarias pueden ser importantes y pueden dedicarse a usos alternativos, simplificando: gasto o ahorro/inversión. El nivel de vida de esa pareja madura puede incrementarse paulatinamente hasta que llega el momento de la jubilación en donde, bruscamente, la renta mensual se reduce (según un informe de la OCDE en un 20%). A partir de ese momento, el sistema público le garantiza al individuo una pensión vitalicia que se revalorizará anualmente con el objeto de mantener el poder adquisitivo de la misma.
Yo tengo un plan de pensiones porque he decidido voluntariamente dedicar parte de mis rentas no a mi ocio presente, sino a mi ocio futuro, cuando tendré mayor tiempo libre para gastar y, teóricamente, mis rentas sufrirán una merma. Podría haberlas destinado a otras alternativas de ahorro:
• Otros activos financieros, tales como depósitos bancarios, fondos de inversión…
• Activos tangibles, como el oro, obras de arte, vino, filatelia, etc. u otros con la esperanza de una (incierta) revalorización, no de la obtención de un flujo cierto y periódico de rendimientos.
• Activos reales (inmuebles).
Pero no, he decidido tener un fondo de pensiones; por sus ventajas fiscales presentes, así como por otras características del mismo, como por ejemplo, su dificultad de movilización lo que me impide caer en la tentación de comprar una televisión LCD de 47 pulgadas que en realidad no necesito porque la que tengo de 42 pulgadas es suficiente y me la compré hace menos de dos años.
¿Mi decisión es acertada? A día de hoy no lo sé. Quizá no, porque la entidad que gestiona el plan no realice las inversiones más adecuadas y llegado el momento de la jubilación la renta que obtenga no satisfaga mis expectativas. Por ello, cada cierto tiempo compruebo el valor liquidativo del mismo y decido si continúo realizando más aportaciones o traslado los derechos a otro fondo que me parezca mejor gestionado.
Yo tengo un plan de pensiones. Y usted puede haber decidido no tenerlo porque aunque teniendo rentas suficientes para poder aplicarlas (condición necesaria, evidentemente) y habiendo hecho el análisis de su ciclo financiero vital, ha adoptado otra decisión. Y por ello ni yo soy de derechas, ni usted es de izquierdas. Somos dos personas con suerte, porque con la que está cayendo tenemos posibilidad de ahorro, que de forma consciente han elegido dos formas distintas de planificar su jubilación.
11 de marzo de 2010