Internacional

Internacional

IRAQ: ELECCIONES… ¿Y?

IRAQ: ELECCIONES… ¿Y?

Una opinión benévola, y un poco cansada con la tragedia, ha extendido estos días la tesis de que, a fin de cuentas, la elección del nuevo parlamento iraquí el domingo en condiciones de libertad infrecuentes en la región, es un éxito. Y algún incondicional de la invasión, como el inefable Karl Rove, gurú de la comunicación y la manipulación en los días de la Casa Blanca de Bush, han llegado a decir que, visto lo visto en la jornada del siete de marzo, la invasión valió la pena.

Rove está de nuevo de efímera actualidad porque anda promoviendo su libro de memorias (“Courage and Consequence”) contratado en su día a precio de oro, pero sabe que para alguna gente su diagnóstico no es arriesgado. Es muy estimulante ver al público iraquí votando en una proporción considerable (el 62,4 por ciento) a los candidatos de su gusto justificaría retrospectivamente lo sucedido: una tragedia sin comparación desde Vietnam que ha dejado un país desgarrado, con dos millones de expatriados, en ruinas y con unos 200.000 de sus ciudadanos muertos (1) y casi cien mil soldados extranjeros en su suelo siete años después.

A esta dimensión digamos positiva, casi triunfal para algunos, hay que añadir la persistencia de la inseguridad: en la semana de las elecciones hubo unos setenta muertos en toda clase de atentados de los que 38 solo en la víspera, el sábado. Los norteamericanos estuvieron deliberadamente ausentes porque era forzoso probar que las muy nutridas fuerzas militares y policiales del país podían organizar el extraordinario dispositivo de seguridad montado para la jornada. Por si fuera poco, las urnas debieron ser transportadas a los centros de recuento bajo un estricto toque de queda, impuesto apenas cerrados los colegios.

ALIVIO EN WASHINGTON

Que el asunto no ha ido mal del todo para los norteamericanos está claro, en la medida en que la jornada permitió a la Casa Blanca hacer una declaración refrendando la voluntad del presidente Obama de proseguir con el calendario de la llamada “retirada responsable” en vías de ejecución, casi exactamente la negociada en su día por el gobierno Bush con Bagdad en el marco del “SOFA” (“Status of Forces Agreement”) y que debe permitir la salida de las últimas tropas estadounidenses en diciembre de 2011. Eso es lo que importa ahora en Washington, cancelar la pesadilla y reordenar las prioridades.

En ese escenario, sin embargo, a Washington le hace falta que el primer ministro saliente (y con toda probabilidad llamado a formar el próximo gobierno, Nuri Kamal al-Maliki, quien enca beza el recuento según resultados parciales y preliminares difundidos el jueves) no se acostumbre a una línea de conducta personal e independiente que ha sorprendido a veces en Washington. Por ejemplo, la presión norteamericana no pudo alterar su decisión, a través de una comisión parlamentaria ad hoc, de vetar como candidatos a un elevado número de ciudadanos aparentemente culpables del delito de ser militantes recalcitrantes del Baas, el partido de Saddam Hussein y, de hecho, de la comunidad sunní, proscrito e ilegalizado en la Constitución.

Al-Maliki hizo un hábil gesto de compensación: anunció el reingreso en las fuerzas armadas de 20.000 de sus miembros depurados. Y eso, más otras negociaciones bajo mano, dieron el resultado esperado: los sunníes, que habían sido reticentes o directamente boicotearon elecciones anteriores, han acudido esta vez a los colegios y su recuperación para la vida política parece más o menos garantizada. Es un revés adicional para al-Qaeda, sunní hasta el odio a los chiíes, mayoritarios en el país.

EL OMINOSOS PORVENIR

La coalición de Maliki (“Estado de la Ley”) está dirigida por él al frente de un partido chií confesional moderado, “al-Dawa”; el sedicente Movimiento Nacional Iraquí (“Iraqiya”), que va en segundo lugar en el escrutinio, por un chií laico, Iyad Alaui, un ex-primer ministro escogido en su día por los norteamericanos; y la tercera (“Alianza Nacional Iraquí”) por el ex-primer ministro y ex-líder de al-Dawa Ibrahim al-Yaafari acompañado por factores diversos, incluyendo el versátil Ahmad Chalabi, un antiguo hombre-liga del Pentágono y el rebelde por excelencia Moqtada al-Sadr, jefe de la milicia-partido “Ejército del Mahdi”.

A esta lista de cuya combinación habrá de salir forzosamente el nuevo gobierno, a falta de una mayoritaria, hay que añadir, y no se hace a menudo, la “Alianza Kurda”, que con una treintena de escaños en un parlamento de 325 podría ser determinante para constituir un ejecutivo que, forzosamente habrá de ser una curiosa “coalición de coaliciones”. Los kurdos, ni que decir tiene, van a lo suyo en el Kurdistán y trabajarán con quien consienta en mantener su generalitat kurda, por así decirlo y, si pueden en proponer que la jefatura del Estado, más ceremonial que otra cosa pero con algunas atribuciones, siga reservada a un kurdo, como lo está ahora en la persona del saliente Yalal Talabani.

Los desafíos a que se enfrentará el gobierno son impresionantes y su opción de inserción regional bajo consideraciones geopolíticas inseparables de las tensiones vecinales se reduce a saber qué grado de alianza establecerá con Iran, un régimen estrictamente shií. O, en otras palabras, cómo de importante o parcialmente decisoria podría ser la influencia iraní, algo que suscita graves inquietudes en Washington, por no hablar de Israel. Dos de las coaliciones, la de al-Maliki y, sobre todo, la de Yaafari, tienen sólidos lazos con Teherán. La actitud oficial iraní estos días ha sido de inteligente perfil bajo, pero es seguro que a estas horas sigue al minuto lo que sucede y dispone de herramientas decisivas para hacerse notar e influir en el, por lo demás, ominoso porvenir que se abre ante el nuevo gobierno en el martirizado país que es Iraq.
-----------------

Enrique Vázquez

(1) Nunca sabremos con total exactitud el número de muertos en la tragedia, con la excepción de los soldados extranjeros, rigurosamente recontados y homenajeados por sus gobiernos. Hay desde el inolvidable informe publicado en la prestigiosa revista británica “The Lancet”, que dio ya en verano de 2006 la cifra abrumadora de 650.000 bajas, hasta el trabajo muy manejado de “Iraq Body Count”, que da ahora mismo 104.000 civiles muertos. Este último, muy respetado por su neutralidad política, es tenido por muy conservador porque la organización reconoce que se limita a sumar las cifras oficiales, con identidades confirmadas, solo de los muertos que aparecen en los medios.

Enrique Vázquez

Volver a Inicio